Insuficiencia Cardiaca

Y allí estaba yo de pie, rodeado de una multitud pero sintiéndome solo. Incapaz de ver mi alma reflejada en los ojos en nadie. Excepto un par de ojos. Los ojos que se apartaron de mí.

¿Alguna vez has deseado algo con todo tu corazón solo para encontrar que la vida conspira para mantenerlo fuera de tu alcance? Por supuesto que te ha pasado. Todos conocemos la sensación de ser un hámster corriendo por el laberinto de paredes de cristal que románticamente llamamos libre albedrío. La vida te presenta un puñado de premios, pero los rechazas, anhelando solo el que está detrás del cristal. El inalcanzable. El que te fue negado. Puedes gritar, maldecir y patear, pero eso no cambia nada. Tus suspiros empañan el vidrio, presenciando a alguien más que toma sin esfuerzo lo que era sagrado para ti.

¿Que deseaba yo?

Un amor.

El tipo de amor cuyos ojos te confiesan que eres la única persona en existencia. Un amor que detendría al mundo a pasar la eternidad a tu lado y con cada gesto te mostraría significados inimaginables.

Pero mis esperanzas eran simplemente la concepción de las ilusiones que se desvanecieron en desilusiones.

Una cruel lección. Pero una lección al final de cuentas.

Un corazón que se apresura por el deseo siempre tropezará y caerá al piso, roto la mayoría de las veces. Y después de pegarlo, nuevamente nuestro corazón correrá y se caerá una y otra vez hasta que comprendamos que nunca fuimos concebidos para ser un todo, sino piezas de un rompecabezas.

Porque pegar un sinfín de piezas de un corazón roto puede hacerlo que sea vuelva tan grande como para meter dentro del él, todo el amor del mundo.

M. Ch. Landa

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